Del plato de La Cartuja a la lata de conservas: la involución de la vajilla

Está claro que las modas van y vienen. No tenemos más que seguir las tendencias en ropa para ver los vaivenes que se producen en los gustos o “inspiraciones” de nuestros diseñadores yendo de la falda tubo a lo Marilin al bestidito de Brigitte Bardot o volviendo a los locos años 20 para retornar a la ropa futurista de neopreno.

Pero los cambios en la moda no sólo afectan a la ropa y útlimamente estoy observando una clara involución-evolución-transformación -que de todo hay- en la presentación de los platos en restaurantes y gastrobares que nos devuelven a algunos de nosotros a nuestros años de mili -para aquellos que desconocen de que hablamos, que los hay, me refiero al servicio militar obligatorio-, al neolítico o al ambiente sofocante y claustrofóbico de Blade Runner, dependiendo del lugar en el que nos sentemos a comer.

¿Qué soy un exagerado?. Pues he de decirles que no había comido en tantas latas de conservas en las que ahora se introducen las útlimas creaciones gastronómicas de sardinas, boquerones o mejillones, que desde mis tiempos como miembro del ejército en el que nos repartíamos las latas de sardinas para rellenar el chusco -según la RAE: “Pedazo de pan, mendrugo o panecillo”- al toque previo de fagina.

¡Al personal le gusta!, igual que combinar azul y verde, pero es “tendencia”.

¡Y no me digan que ustedes no!.

¿Y qué me dicen de los platos tipo lascas auriñacienes, generalmente de pizarra, en las que nos sirven algunas elaboraciones?. Menos mal que por lo menos son platos en los que no se acompañan salsas que si no ¡ya podíamos hacer muros de contención o barquitos con el pan!.

O de los platos incandescentes en los que tenemos que hacer nuestro chuletón o solomillo generando más gases contaminantes por la combustión de la carne en contacto con su grasa y desprendiendo más humo que La General de Buster Keaton. ¡Y además nos cobran por hacer de pinche!

Mención aparte merecen artilugios a modo de bomba de bicicleta en miniatura en la que se inyecta un humo aromatizado al plato envuelto en una media campana. Lo dicho, cual replicante del s.XXII, ahora que, ¡mientras no nos traicionen nuestras pupilas!, podemos estar tranquilos.

Por último, y según me han contado, se ha puesto de moda el servir el ceviche -a mí me han comentado que el de zamburiña- sobre una pecera con pececito vivo. Que digo yo, se podría aprovechar el colocar una piraña para aquellos comensales a los que no les guste el plato en cuestión y de esta forma podemos también alimentar al bicho.

En fín, modas, modas, modas. Volveremos a comer en vajillas de porcelana, de cristal, … Habrá que esperar a que algún gurú de esto descubra que hay que volver a poner en tendencia el plato decorado con la casita de la campiña al estilo inglés. ¡Todo por untar el pan en condiciones!.

Bueno, hay más elucubraciones de este tipo y si tienen ustedes noticias de más “innovaciones” les animo a compartirlas.

Abrazotes.

Fotos del catálogo de Klimer.

Una respuesta a “Del plato de La Cartuja a la lata de conservas: la involución de la vajilla”

  1. Vi el otro día un lugar en ¿Tai Pei? donde has de pescar las gambas ¡¡ con anzuelo !! que después te comerás. Esto se nos ha ido de las manos…

    Si soy yo quien cocina, no es un restaurante, es mi casa. Por mucho que lo revistan de “divertido”, “desenfadado”, ‘top-100-en-el-cojonciómetro’. Nop, si pago no es para trabajar yo, no fastidies.

    Si no puedo remojetear en la salsa, no es un plato, es un porta como los utilizados en los microscopios. Claro, que bien puede ser que ni la salsa, ni el pan, motiven y tampoco importe mucho el asunto mojeteo.

    Pa’loquemosquedao….

    Saludos,

    Jose

Deja un comentario